Los Editores – Pequeñas lecturas, libros infantiles

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¡Hoy es el Día Internacional del Libro Infantil! Quizá muchos preguntarán “¿Y?” Ése es precisamente el problema. ¿Cuándo fue la última vez que tomamos un libro lleno de colores? ¿Cuándo fue la última vez que leíste una de esas breves historias y sonreíste? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Cuándo perdimos el placer de reír con esas ilustraciones y las rimas? ¿Dónde dejamos la sorpresa de pasar la página y ver cómo un mundo salía del papel? ¿En qué momento no nos importó que se empolvaran los nombres graciosos de los personajes que nos enseñaban?¿En qué caja abandonamos el cuento que nos durmió por las noches? ¿Cuándo pasó?

Si me preguntan, diré que soy fan de los libros, pero que los libros para niños me maravillan. Quizá tiene mucho que ver que desde niña no los tuve. No voy a preguntar cuáles eran los libros obligatorios de la primaria, sino ese que les cambió la vida (una vida de quizá 6 años). Mi hermano dice que es raro regalar libros a los niños de mi familia. Yo quiero ver cómo se emocionan por descubrir un nuevo mundo alimentado por esas palabras. Donde él ve una mala inversión económica (“es que están muy caros”), yo veo una excelente inversión: sé que alguien estará ahí para leerles, que ellos imaginarán más, que van a aprender algo, que se atreverán a llegar más lejos y superarse.

Tantas imágenes, formas, texturas crean un pequeño universo que da al niño algunas de las herramientas más poderosas para la comprensión de su mundo, en una presentación sencilla pero no por eso menos importante. Desde enseñarles el valor de la amistad, hasta el proceso de duelo o de una enfermedad, la magia está plasmada en figuras, colores y líneas que el niño interpreta, como si no necesitaran ese otro lenguaje, ese que nosotros les enseñamos.

A veces, cuando voy leyendo, algunos me miran raro. No es que traiga un álbum ilustrado, pero la letra grande, pocas páginas y dibujitos parecen llevar un gafete de “Soy para niño”, como si eso fuera malo. Ellos no entienden que la literatura infantil es tan válida, valiosa y complicada como una novela. Las personas no notan que en esa sencillez también está el ejercicio de la comunicación. No entienden que esos dibujos le dicen mucho, que esas líneas son todo un lenguaje.

Por supuesto, un libro para niños no está limitado al público infantil. ¿No les ha pasado que ellos ven una historia y ustedes alcanzan percibir otra? Ése es uno de sus encantos, la magia de dos historias que los padres, hermanos y familiares podemos compartir con ellos y revelarles el significado de los símbolos que hay, hacer que se identifiquen y sensibilicen.

Si bien es cierto que se nos considera un país poco lector, creo que la solución no es intentar leer 10 libros en un año. La solución está en enamorar a los niños, hacer que se emocionen por las historias que esperan ser descubiertas en los libros, y no sólo en los de papel, hay muchas editoriales que también los ofrecen en versión digital.

Últimamente, hay muchos los concursos para fomentar la creación de literatura infantil. Parece que incentivar la creación de más obras para este público es una forma de recuperar el tiempo perdido en ver a los niños como adultos pequeños, con las mismas capacidades pero en miniatura, y no como personas con un entendimiento distinto y sed de aprender jugando; es como si, poco a poco, los adultos se hubieran dado cuenta de que esas manitas podían tener sus libros y no las versiones resumidas e ilustradas de la  literatura universal.

Por otra parte, me he llevado magníficas sorpresas con juegos, series de televisión y películas para los pequeños. A veces deberíamos darnos un rato, tengamos o no niños en casa, para descubrir que esos personajes aún te pueden decir algo. Nosotros debemos quitarnos el gafete de “Soy adulto y eso es tonto, simple”.

Cada libro es una oportunidad para viajar a otro mundo y aprender una lección, para reír, para llorar. Un libro para niños es capaz de llevar a una reflexión, casi tanto como una novela. ¿Por qué? El autor supo comunicar de manera sencilla, pero emotiva al niño interno.

Apenas tuve la oportunidad de comprar unos libros de la Ardilla Miedosa, ¿la conocen? Comenzaremos por decir que le tiene miedo a muchas cosas, un miedo que generalmente viene de un largo razonamiento y de un plan que evita cualquier tipo de peligro. Por supuesto, es divertido ver todos sus temores y cómo, de pronto, algo pasa, descubriendo así que la supuesta seguridad no es siempre la respuesta a las situaciones de la vida. Si bien yo me reí al conocerla,  también vi en ella el reflejo de personas que conozco y que nunca se arriesgan… Quizá si hubiesen conocido a la Ardilla Miedosa antes tendrían menos miedo a fallar.

Ricardo Chávez Castañeda diría que simplemente perdimos el miedo y con él, el mundo de a lado (donde todo es posible), diría que crecimos y empezamos a preocuparnos, que olvidamos ver hacia abajo, allí donde está el mundo de los niños. Cada vez que leo esas palabras, no puedo evitar sentir un nudo en el corazón, como cuando supe que Momo eligió su nombre e irá a recuperar el tiempo que los hombres grises se llevaron; o la tristeza que me causó que Muerte se llevara a Pato; la sonrisa de desear una relación tan hermosa como la de Danny y su papá, o como cuando descubrí que los cuentos de hadas son más terribles de lo que aparentan o que Ceni puede preferir hacer mermelada y no casarse; o cuando pensé qué pasaría si volviera a ver al abuelo, pero ahora muerto, o que puedo recordar a la abuela en sus tejidos, como escribió Christel Guczka.

Te apuesto a que si vas al área infantil de la librería, te llevarás una gran sorpresa. Si bien podrías leer un libro para niños en 10 minutos, hay un arte en disfrutar todo lo que lo compone. Si pasas esas hojas gruesas, si miras sus ilustraciones, la tipografía, si ves con atención a los personajes; si lees en voz alta, casi como cantando, podría asegurar que despertarás al pequeño que dejaste de dormido una noche, hace muchos años, y que quedará encantado con los detalles que ve ahora como adulto y que lo sorprenden como niño.

Katya Ocampo
Correctora de estilo y Editora en Atomix