Los Editores – Jugar por diversión

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Logros, trofeos, contenidos descargables, extras desbloqueables, objetos escondidos… ¡Auxilio! ¿Cuándo dejamos de jugar por el simple hecho de divertirnos? Conforme avanza la tecnología y evoluciona la industria de los videojuegos, nos vemos invadidos por distintos fenómenos relacionados con los nuevos medios digitales, los cuales nos empujan hacia conceptos como la instantaneidad, la inmediatez y lo efímero.

¿En qué momento nos volvimos adictos a los logros? Para muchos, jugar se ha vuelto un ritual completamente diferente al que se vivía hace una década. Las dosis de satisfacción vienen en momentos que someramente nos hacen sentir especiales: “¡Felicidades!, ¡Hiciste a tu personaje saltar!, ¡10 puntos!” Recientemente me encontraba paseando por La Habana en Assassin’s Creed IV: Black Flag, juego en el cual te puedes mover en un mundo abierto lleno de actividades para que no te aburras nunca… literalmente lleno. De pronto, me sentí abrumado por tantas cosas que tenía que hacer: recoger partituras de música, encontrar fragmentos del Animus, misiones de asesinato, búsqueda de cofres, etcétera. Por muchas cuestiones, esos elementos se aplauden y los acepto, pues nos ofrecen horas de entretenimiento pero, después de un rato dando vueltas y completando objetivos al azar, me cuestionaba por qué tenían que darme todas esas tareas para hacer. Cada pieza de Animus que encontraba desbloqueaba un recuerdo, ¡un premio!, cada partitura desbloqueaba una canción para navegar, ¿otro premio?

Me encontré harto hasta cierto punto. Me dispuse a navegar sin rumbo y sin hacer caso a los objetivos. Después de unos minutos, miré el reloj y me di cuenta de que llevaba más de una hora haciéndolo. Sentí un vacío enorme. La sensación de que estuve perdiendo mi tiempo me invadía. “¡Rayos, no logré nada!” Ese sentimiento me asqueó: la naturaleza de un videojuego es divertirnos, ¡no darnos tareas!

Un recuerdo muy bonito de mi niñez es la pista Kalimari Desert de Mario Kart 64. En ésta, mi hermano y yo nos disponíamos a ignorar las reglas del juego y meternos a las vías del tren. Tal vez descubriríamos un atajo secreto o competiríamos para ver cuánto tiempo durábamos sin ser atropellados. Nosotros éramos dueños del juego y podíamos romper la mecánica si queríamos. Jugábamos por el simple hecho de divertirnos, sin pensar en “ganar”, sin logros, objetivos o desbloqueables. ¿Con cuántos juegos no pasamos horas sin avanzar absolutamente nada y nos divertimos a montones? ¿En qué momento los juegos empezaron a dictar cómo nos divertimos, poniéndonos reglas a más no poder?


Jorge Diaz
Editor en atomix.vg y host de #AtomixPodcast / #AtomixNightfall. Mi vida es un RPG.
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