SR388: Una insignificante historia de la cultura. Segunda parte: La memoria artificial

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Jorge Luis Borges expresó que, de todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es el libro porque, mientras los demás son extensiones del cuerpo, el libro es una extensión de la memoria y la imaginación. Es importante colocar a los videojuegos en el lugar que les corresponde entre las invenciones humanas —en cómo son la continuación de ese libro que nos extiende más allá de nuestros miembros. De acuerdo al Ad Herennium, que fue el tratado de retórica más usado en la Edad Media y el Renacimiento, la “memoria natural” es aquella que los hombres reciben en su nacimiento y la “memoria artificial” es la ampliación y mejoramiento de la natural, con la finalidad de contener grandes cantidades de información; para lograr eso, durante siglos, diversos autores formularon compendios de recomendaciones y métodos que conforman el llamado Arte de la Memoria. Hay que considerar que éstos surgieron por necesidad durante épocas en que el acceso a los libros era algo extraordinario y remoto.

En esta era de teléfonos inteligentes, tabletas, e-readers y ordenadores por doquier, nos parece ridículo que la gente se preocupe por memorizar grandes cantidades de información e incluso más que desarrollen complicadas técnicas para lograrlo. Pongámoslo en perspectiva: La Ilíada y La Odisea son dos poemas épicos considerados como el fundamento toda la literatura occidental, y que han tenido una influencia en la cultura ciertamente indescriptible; la historia de la humanidad sería otra de no ser por estos dos textos. Por tradición, la autoría de ambos se le atribuye a Homero, aunque es imposible saber quién o quiénes fueron los verdaderos autores; lo más probable es que ese Homero ni siquiera haya existido. Estamos hablando de dos obras compuestas por miles de versos que nadie escribió (ni en el sentido de autoría ni en el de transcripción), ¿cómo pudieron haber sobrevivido por siglos hasta que fueran finalmente fijados en papel? Gracias a recitadores ambulantes que dedicaban sus vidas a la memorización de versos. Eso es una hazaña para los estándares de cualquier época (ahora recordemos que hoy en día existen niños que ni el himno nacional de su país pueden memorizar), sin embargo estos recitadores, llamados rapsodas, no eran personas comunes sino que pertenecían a cierto grupo, por lo que recibían entrenamiento en las técnicas mnemotécnicas, como los epítetos y las fórmulas de patrones de orden, que sus antepasados habían venido desarrollando por largo tiempo.

El Ad Herennium es importante porque relacionaba al canon de la memoria con el de la invención y la chispa de creatividad; sin embargo, de entre todas las versiones que distintos autores forjaron del Arte de la Memoria, una de las más extravagantes y singulares fue la del místico y teólogo catalán del siglo XIII Ramón Lull, que agrupaba aquello a recordarse en “sensibilia” e “intelligibilia”; lo primero refiriéndose a objetos y estructuras del mundo material o de los sentidos, para lo cual se usan lugares e imágenes de referencia, como indica el Arte su versión clásica; lo segundo se trata de asuntos especulativos lejanos tanto para los sentidos como para la imaginación, para lo que Lull desarrolló un método consistente en operaciones geométricas y de sustitución algebraica útil no sólo para recordar sino, para comprender y alcanzar verdades. Lull organizaba el mundo en estructuras como escaleras, ruedas y árboles, así como en categorías filosóficas, teológicas, astronómicas, matemáticas y demás, combinando elementos de maneras tan inesperadas que hoy siguen pareciendo extrañas. Semejantes disparates, que muchos consideraron ideas de un loco, han significado un avance extraordinario en la historia de las ideas por la capacidad de representación simbólica que sugiere.

En en siglo XIX, Edwin Abbot representó en su novela Flatland a la sociedad victoriana como un conjunto de figuras geométricas que se relacionaban con el mundo y entre sí en función de sus coordenadas cartesianas. Ya en el siglo XX, en su cuento “La geometría del amor”, John Cheever imaginaba un hombre que analiza y resuelve su vida sentimental mediante la geometría euclidiana. ¿Por qué tendría que ser esto importante? Porque las máquinas lógicas fueron concebidas como dispositivos para la resolución de problemas de lógica formal, así como un diagrama se resuelve mediante la geometría. Todas estas operaciones de la técnica y la imaginación, mezclas excéntricas de lo matemático y lo sentimental ya había sido propuestas por Lull con siglos de adelanto, convirtiéndose en precursor e influencia sobre personajes como Pascal, Leibniz, Babbage, McLuhan y Turing.

El Ars Magna, la gran obra de Lull, no sólo incluía el ejercicio de la memoria como un método didáctico, sino que era una especie de máquina universal que serviría para todo: su propósito más importante era la infalible conversión al cristianismo de los infieles musulmanes, judíos y no creyentes; es increíble pensar que un teólogo considerase el uso de métodos pseudo científicos y matemáticos para demostrar verdades espirituales. Pensemos ahora, si tanto la geometría como la filosofía pueden cimentarse en axiomas, ¿por qué no la teología o incluso la alquimia? La mención de la alquimia no se refiere a que Lull la practica (incluso él, que fue considerado un hereje, la despreciaba como falsedad), sino que ésta fue la primera práctica pseudocientífica que se propuso la creación práctica de autómatas y por lo tanto de inteligencia artificial.

Lull desarrolló un sistema de discos concéntricos comúnmente llamado la máquina combinatoria, que permitía colocar diferentes elementos como sujetos, acciones, o propiedades y agotar sus posibilidades de relación a través hacer girar los discos. Tal sistema cautivó a Leibniz, tanto que en su juventud emprendió el proyecto de un sistema que teóricamente permitiría a los filósofos ponerse de acuerdo a través de “cálculos”; con el paso del tiempo el matemático alemán encontró dificultades en mantener el sentido entre la cantidad de axiomas, que crecía exponencialmente. El Ars Magna de Lull también ha sido considerada como una “máquina de pensar”, en tanto que permite realizar operaciones restringidas a la mente y el intelecto; al respecto de ella, Borges consideró que aunque no era capaz de producir un solo pensamiento, ésta podría funcionar para la creación poética.

Hasta este punto las cosas se han complicado bastante. ¿Cómo fue que partiendo de unas simples reglas para recordar largos versos podríamos luego concebir la existencia de una consciencia —inteligencia— artificial capaz de crear aquello que consideramos el pináculo de la humanidad, el arte? En el siglo XIX, el matemático inglés Charles Babbage tuvo una gran idea para otorgar a su Máquina Diferencial (que era una calculadora mecánica) la capacidad de realizar, virtualmente, cualquier tipo de operación imaginable y no sólo cumplir su específico y limitado propósito: otorgarle memoria. Así fue como surgió la propuesta de la Máquina Analítica de Babbage que, aunque nunca fue construida, precedió por un siglo al concepto de la máquina de Turing; aunque esta última tampoco fue construida, debido a que se trata de un dispositivo hipotético, ha sentado las bases de los conceptos que permitieron fabricar las primeras computadoras funcionales, y hasta el día de hoy es fundamental en nuestra concepción de lo que es, y debería ser, la inteligencia artificial.

En realidad, las computadoras son máquinas finitas con capacidad de calcular lo infinito gracias al potencial de su memoria, y ésa es una característica que el hombre adquiere en la medida que pueda pueda extenderse mediante la memoria artificial. Los videojuegos no son diferentes a la filosofía, la matemática y la teología, en tanto que todos son sistemas (pensemos en que los dogmas, axiomas y reglas de juego son equivalentes) y en que sus razones de ser son inseparables, así como sus propósitos. Es curioso que las máquinas de trabajo terminen como máquinas de divertimento y viceversa. En el artículo anterior recordábamos las palabras de Martin Gardner, cuando predecía que los sistemas de las máquinas lógicas tendrían usos más allá de lo meramente matemático.

Así como nuestros conceptos de Homero como padre de la poesía y sombra inexistente, o de Lull como hereje y santo se transforman con el tiempo, nuestras concepciones de memoria o inteligencia artificial van cambiando respecto a lo que se puede y no hacer con ella. En los cincuenta se creía que las computadoras nunca podrían jugar ajedrez porque eso era muestra de inteligencia y creatividad exclusivamente humana; luego de la derrota de Kasparov creemos algo distinto, ya se nos hace trivial la refinación los personajes que pueblan las ciudades Grand Theft Auto. En el siglo XIII, Lull no habría imaginado que gracias a que, en su fervor religioso, imaginara que de la matemática podrían derivarse productos espirituales e inteligencias capaces de resolver problemas, hoy a partir de máquinas de cálculo, provistas de la memoria suficiente, podríamos recorrer open worlds como Vice City.