Review – Puppeteer

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Las marionetas son una forma de entretenimiento bastante antigua, de al menos 4,000 años, precediendo al teatro, el cine y —por supuesto— los videojuegos. Puppeteer pertenece a esa forma de entretenimiento que, por costumbre, llamamos videojuegos, pero en realidad es mucho más. Se trata de una fórmula inesperada, llena de sorpresas y que mezcla lo mejor de varios mundos.

Este extravagante título, desarrollado por Japan Studio de Sony Computer Entertainment, es una de las mejores despedidas que podría recibir el PlayStation 3: un juego único en todos los sentidos, así como memorable; una propiedad intelectual que sería imposible que hubiese surgido en otra plataforma, ni siquiera en Wii U.

Todo Puppeteer tiene lugar en el teatro de marionetas del profesor Gregorious T. Oswald, donde presenciamos una obra llamada The perilous journey of a boy named Kutaro. La obra se lleva a cabo en la luna, hacia donde el maléfico Moon Bear King atrae las almas de niños de la tierra mientras éstos duermen, y los convierte en títeres de madera para que sean sus sirvientes. Una de las víctimas es un niño llamado Kutaro –a quien el tirano arranca la cabeza– que se convertirá en el héroe de esta gran aventura.

Aunque el concepto de Puppeteer toma elementos de muchas fuentes, éste no deja de ser original y fascinante. Debido a que el juego en realidad es una puesta en escena, todo el tiempo vemos el escenario y la tramoya. Lo más importante es que se transgrede la unidad clásica de lugar (o sea que la obra debe suceder dentro de un espacio bien definido, que será lo que represente el escenario): esto se debe a que el apartado del espacio está basado en el teatro clásico de marionetas japonesas Bunraku, en el cual los escenarios cambian detrás de los personajes mientras éstos actúan.

La escenografía crea la ilusión de que los personajes se trasladan, aunque en realidad nunca cambian de lugar. Entre cada cambio, se activan mecanismos que frente a nosotros quitan y ponen cada elemento. Básicamente ésa es la influencia de las marionetas japonesas, ya que se trata de un cuento de hadas occidental que a muchos les recordará a Pinocho, pero quienes conozcan la morfología del cuento popular ruso sabrán leer la riqueza que subyace en Puppeteer.

Como es tradición en estas producciones, sobre todo las dirigidas al público infantil, la audiencia tiene una participación constante. Todo el tiempo escuchamos la reacción del público, murmurando, sorprendiéndose, o celebrando con aplausos lo que pasa en escena. Sin embargo, aquí es donde entra el factor videojuego: nosotros no somos la audiencia, a nosotros nos toca jalar los hilos. De ahí el nombre del juego.

La interactividad se presenta de varias formas, no sólo en el hecho del juego y sus mecánicas, pero esto no significa que Puppeteer sea cien por ciento un videojuego. Se supone que asistimos a un show de marionetas y por eso es vital la historia que se nos cuenta. Además de las actuaciones, el show está compuesto de otros elementos, como por ejemplo un cuento ilustrado que se despliega entre cada acto, y también libros de cuentos que se pueden encontrar en el menú. En realidad, nunca vemos cutscenes, sino que la obra se lleva a cabo en el mismo contexto en el que jugamos, el del escenario. Esto permite una gran flexibilidad y dinamismo entre lo que es jugable y lo que no, pues están entretejidos de tal forma que nunca dejamos ni de jugar ni de presenciar.

Todo comienza con el narrador, que nos introduce a la historia de la diosa lunar y el oso que instaura su reino de terror. Después conocemos al protagonista, Kutaro, que se encuentra con una bruja que lo manda en busca de unas tijeras mágicas con el poder para vencer al malvado rey oso. Aquí da inicio el juego. Uno controla a Kutaro a través de escenarios tipo plataforma, donde uno salta obstáculos y enemigos, pero también tenemos a un personaje secundario de ayuda, que funciona en un modo point and click, para buscar elementos interactivos en los escenarios. Al principio tendremos de asistencia a Ying Yang, el gato volador de la bruja, pero durante el resto del juego será Pikarina, una especie de hada voladora con un carácter explosivo. En modo de un solo jugador, se controla a un personaje con el stick derecho, y al otro con el izquierdo. En modo de dos jugadores, el personaje secundario se controla con el PlayStation Move, pero ésa no es la única diferencia, ya que en esta modalidad, el personaje secundario cobra más relevancia, pues puede atacar directamente a enemigos e interactuar con más elementos. En cualquier caso, el segundo jugador puede entrar y salir de un partida en cualquier momento, sin importar el modo que se haya elegido al principio.

Kutaro debe reemplazar su cabeza por otros objetos, y a lo largo del juego iremos encontrando una serie de cosas que usará como cabezas, las cuales servirán para activar algunos secretos del juegos. La colección de cabezas es extensa y bastante extraña. En total son un centenar, escondidas a lo largo de los siete actos del juego, y algunas de éstas son: un revolver, un perro de la pradera, una guillotina, una rebanada de pastel y el submarino amarillo de The Beatles.

El show es formidable. La historia es sólida y cautivadora, tiene un gran sentido del humor, que además de ser excéntrico, todo el tiempo está saltando la cuarta pared para interactuar con la audiencia. Las actuaciones de voz están muy bien cuidadas y transmiten la sensación de teatro de manera efectiva; ya que las marionetas occidentales no tienen movimiento facial, recae sobre quienes hacen las voces el matizar en cada frase, lo cual está hecho con maestría. Todo el tiempo vemos contrastes y altibajos entre escena y escena, robando nuestra atención y manteniéndonos a la total expectativa. No importa si se juega en inglés o español; la traducción que se hizo del guión no sólo está bien escrita, la actuación es excelente. Es uno de los mejores trabajos de doblaje a nuestra lengua en videojuegos.

Este título no sólo se destaca en las voces, sino prácticamente en todo. Es difícil enumerar todo lo que hace bien, porque prácticamente —y esto es muy complicado de decir— nada hace mal. Puppeteer no se limita a una “mecánica de juego de plataformas”, sino que abarca muchos otros tipos: es un gran recorrido por juegos desde Super Mario Bros. (varios de ellos), Dynamite Headdy, Castlevania, o Parodius Da!, hasta Donkey Kong Country y muchos otros. Puppeteer toma los mejores aspectos de todos ellos y los mejora. Realmente no se trata de saltar, sino de varia cosas, pues dentro de un mismo nivel se introducen cambios radicales que podrían ser como si estuviéramos jugando otra cosa totalmente distinta.

1Prácticamente cada cinco minutos vemos algo nuevo, y es por eso que el juego captura la atención. Esto lo hace perfecto para jugar con niños o personas que se desesperen fácilmente. Los escenarios son tan variados que no se limitan a los cuentos de hadas, sino que habrá desde aventuras piratas hasta del Viejo Oeste.

El guión está plagado de infinitas referencias y chistes: desde Shakespeare con The Taming of the shrew o Much ado about nothing, hasta Lord of the rings, Star Wars, Back to the Future, e incluso las películas de Sergio Leone o los dramas de Arthur Miller.

El juego es bastante largo, pues cada uno de los siete actos tiene tres escenas o niveles, que a su vez están compuestos de mucha secciones. Tan sólo el hecho de que haya cien cabezas escondidas crea un valor altísimo de rejugabilidad sin aburrimiento.

Puppeteer luce, se escucha, se juega y se siente, excelentemente. No hay aspecto en el que se le pueda reprochar. Se trata de una experiencia única y a la vez familiar, de la que nadie debería privarse. Aunque es un juego excéntrico y con una historia cada vez más absurda y oscura, no deja de enternecernos, y crear empatía por los personajes, a pesar de que el mismo protagonista nunca emite una sola palabra. En general, hay muchas cosas que no alcanzo a decir, y que uno debe comprobar por sí mismo. Éste es uno de esos acontecimientos en los videojuegos que marcan otro nivel de excelencia, y por eso le otorgo sin remordimiento una calificación perfecta.

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