Reseña: Hotline Miami

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¿Disfrutas lastimar a otros?, pregunta una de las tres enigmáticas figuras sentadas frente a ti con sus rostros cubiertos por máscaras animales para ocultar su identidad. La decoración chillona y maximalista del interior ochentero se rarifica a través de una luz estroboscópica y tus ojos, alterados por la droga, multiplican diminutos resplandores y pulsaciones por doquier. No respondes nada a los enmascarados: la respuesta a sus preguntas no importa. Sabes que sus palabras sólo pueden significar una cosa: has comenzado un viaje al infierno.

Hotline Miami es un juego indie diseñado por Jonatan Söderström en la conocida y humilde plataforma Game Maker. Es un combo de stealth y ultraviolencia en top-down perspective (vista de pájaro). El juego se desarrolla a lo largo del verano de 1989. El anónimo protagonista, apodado Jacket por los fans, recibe un mensaje en su teléfono sobre la entrega de un “paquete de galletas” y una “lista de ingredientes” a la que debe prestar especial atención. Encuentra un paquete fuera de su casa: contiene una máscara animal y las instrucciones que detallan una misión para recuperar un maletín y liquidar a todo el que se interponga en tu camino. Sin más aclaraciones, Jacket aborda su DeLorean DMC-12 plateado y se aventura en el alucinante y brutal crepúsculo de neón de Miami.

Dos son las influencias más importantes que definen a Hotline Miami: la película neo-noir de 2011, Drive, y el documental Cocaine Cowboys de Billy Corben, que narra el ascenso económico de Miami durante los años ochentas, verdadera ciudad espejismo y tierra sin ley bajo el reinado del narcotráfico. Aquellos que recuerden las secuencias de la memorable Scarface, de Brian de Palma, ya estarán familiarizados con el ambiente de ultraviolencia, decadencia y exceso de ese mundo. A la ferocidad de dicho ambiente se sumaba una exhuberancia rayana en el mal gusto, exacerbada por la estética maximalista de los ochentas y la hiperestesia desencaminada de un bajo mundo ansioso de emociones fuertes y sensualidad.

Hotline Miami evoca esos años de confusión y brutalidad a través del filtro emotivo del neo-80s, movimiento que intenta apropiarse de manera nostálgica del aura de los ochentas y su perpetua saturación de los estímulos, con profundas y emotivas resonancias para la joven generación que vivió en ellos el ascenso irresistible del gaming. La música synth, los gráficos retro y el surrealismo narrativo intentan capturar el mundo de percepciones alteradas de esa posmodernidad barroca, visceral y dionisíaca que fueron los ochentas. Dichos aspectos son los más prominentes del juego y delatan un verdadero amor por el videojuego como poder de evocación y no sólo como mero pretexto lúdico. El soundtrack, siempre uno de los aspectos esenciales para juzgar la calidad de un juego, es uno de los mejores que haya escuchado en mucho tiempo.

Como juego indie, las mecánicas de Hotline Miami son simples pero sólidas y adictivas. El protagonista debe progresar a través de cuartos llenos de mafiosos enfundados en sacos blancos sin dejar uno vivo. Para lograrlo cuentas con las armas que vayas encontrando: desde tus fieles puños, tubos de acero, bats, ladrillos, vasos rotos hasta armas de asalto o rifles telescópicos. Hay un balance básico en el juego: las armas para el combate cuerpo a cuerpo son silenciosas pero fácilmente sobrepasadas por el poder de fuego de escopetas y subametralladoras; las armas de fuego, buenas para liquidar multitudes, son en cambio ruidosas y alertan a los enemigos, que pueden acabar por sobrepasar tu poder de fuego o gastar todas tus municiones. Por tanto, para avanzar es necesario planear los asaltos y ejecutarlos con precisión: por ejemplo, romperle la nariz a un mafioso abriendo una puerta, desarmar al segundo con los puños, quitarle su cuchillo para degollar a los dos una vez en el piso y por último arrojarlo directo a la cabeza de un tercero que se acerca con una Uzi. Las misiones progresan por etapas y se ambientan en departamentos, discotecas, lofts y negocios para lavar dinero de la mafia del narcotráfico. Las máscaras animales que vayas coleccionando añaden ventajas estratégicas y diversos efectos: más velocidad, menos ruido, más capacidad de fuego, portazos letales, disparos silenciados para ciertas armas, etc. Los elementos ambientales y diseño juegan un papel importante: los vidrios te permiten matar y ser matado desde lejos; sillas, mesas y paredes proporcionan cobertura a francotiradores; corredores y puertas preparan emboscadas. El uso inteligente de dichos detalles es clave para sobrevivir.

La brutalidad de Hotline Miami es absolutamente impactante. Es uno de los juegos más violentos que haya jugado no tanto por las acciones que se muestran (en materia de violencia ya se ha hecho todo en videojuegos) sino por el subtexto de esa violencia: oscuras maniobras y ejecuciones de la mafia, tortura, prostitución y uso de drogas, el submundo más siniestro del crimen organizado. Mientras planeas tus emboscadas es posible ver a los torturadores de la mafia arrancándole los dientes a algún desdichado, o ver a cultistas desquiciados oficiando misas negras en la trastienda de un club. La narración en staccatto del juego sólo ayuda a perturbar aún más al jugador (al que le esperan locas sorpresas en cuestión de trama): el juego nos agobia con un persistente sinsentido. Y, sin embargo, a pesar de toda la miseria que vemos, el juego logra deshumanizarnos por completo y sumergirnos en su dinámica alienante: cada enfrentamiento sanguinario dibuja una curva in crescendo de satisfacción visceral. En ese sentido, el juego, breve y eficaz, no admite tedio ni mediocridad, pero sí conduce a una saturación agobiante de la que es preciso alejarse por momentos para recobrar la cordura.

Hotline Miami es gratificación inmediata y salvaje, un rush cuya eficacia es casi imposible cuestionar. Es un infierno extrañamente ambiguo, engañoso a cada instante, con su estructura de VHS lleno de lagunas y extraños loops que marcan el paso de lo cotidiano a lo perturbador. Te vuelve adicto en su breve duración pero por alguna razón provoca un gran alivio el dejar su locura atrás. No me harté nunca de sus 20 niveles, pero, como pesadilla que es, al final preferí olvidar sus horribles visiones y respirar algo de aire fresco. Como juego no carece de faltas; después de todo, la simplicidad de sus mecánicas no permite sostener por demasiado tiempo un diseño brillante, pero cualquiera que lo pruebe podrá estar de acuerdo en que es un esfuerzo honesto y poderoso.

Para los videojuegos, 2012 fue un año poco gratificante, lleno de decepciones y división. En parte por la transición de generaciones que condicionó una producción deprimida, en parte por el desgaste de fórmulas consolidadas y en parte por la inexplicable guerra que la vanidad de la industria y sus esbirros han declarado a los consumidores críticos, hemos tenido un año de sinsabores y polémicas sin fin. En medio de esa mediocridad continua, Hotline Miami es un pequeño diamante indie que, aunque quizá no es bastante para justificar la debacle presente de la industria, restaura un poco la fe en el talento oculto del medio: joven en muchos sentidos, al mundo de los videojuegos le queda un largo camino, y Hotline Miami será recordado siempre como un buen paso dentro de él. Aunque inevitablemente modestos y poco notados, el buen gusto y la inteligencia son los que mantienen vivo a cualquier medio: esperemos seguir siendo recompensados así por la escuela indie, y que el mainstream escuche un poco estas voces, sin duda las voces reales de nuestra época. Nueve.

Alonso Zamora