Especial: ¿Por qué juego videojuegos?

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¿Por qué siempre estás jugando? ¿No te aburres? Todos los títulos son iguales. No sé cómo puedes estar tanto tiempo pegado a la televisión. Tu fanatismo te hace gastar mucho dinero. No entiendo qué le ves de divertido a esos monitos. No puedo creer que hoy no vas a salir por estar jugando esa porquería. Eres un teto. ¿Algún día vas a crecer y dejarás de perder tu potencial jugando videojuegos?

¿Les ha pasado? ¿Han escuchado alguna de esas frases o sus similares? Puedo asegurar que la mayoría de nosotros hemos pasado por ahí y, si ustedes son como yo, seguramente hicieron caso omiso de semejantes enunciados y continuaron la aventura. Este especial es para ustedes que comparten el vicio, pero, sobre todo, lo escribo para aquellos que alguna vez se preguntaron por qué nos desvelamos hasta las dos de la mañana sólo para pasar un mundo más. ¿Qué hago jugando en pleno siglo XXI un juego que tiene más de treinta años?.. No importa. Quiero disculparme por todas las horas y todos los eventos que no he compartido por jugar (aunque, sin embargo, siento que ha valido la pena).

Quedan avisados. El siguiente es un especial introspectivo y personal.



Empiezo con un ejemplo narrativo:

Camino entre los cadáveres de los demonios que he matado. Atravieso el puente para reponerme después de una sangrienta victoria. Me preparo para el siguiente reto. Me detengo a observar el sol que baña la tierra de las sombras en donde estoy condenado a morir mil veces. Me tomaré -entonces- una o cien horas para observar la magnificencia del astro luminoso y la belleza oculta en aquel infierno…

Estoy hablando de la primera vez que pude jugar Dark Souls, uno de los juegos más crueles de los últimos años y que tiene la fortuna, además, de recordarnos el valor de la tranquilidad que brinda la contemplación. Me recuerda, con la tenacidad de su presentación, por qué amo los videojuegos. Dark Souls es un juego de sangrientas batallas, pero también es una galería de paisajes y momentos, de iluminaciones y construcción. Lo importante yace en la serie de reflexiones que pasan por mis ojos cada vez que vuelvo a empezar. Cuando estuve inmerso en ese mundo, recuerdo un momento esencial en que el sentimiento que me invadió fue notablemente catártico: la llegada en gárgola a Anor Londo. La ciudad que imaginas, horas antes, destruida y demoniaca es en realidad imponente y elegante: un baño de luz sobre una catedral majestuosa y bienvenida, un nuevo mundo que antes que invitar a ser explorado, exige algunos minutos para perder la mirada del visitante en los cariños del primer encuentro. Somos obligados a contemplar un nuevo lugar y a recibirlo como a un viejo conocido —uno que intentará matarte una y mil veces. En ese instante, el sentir es indiscutible: has llegado a un lugar hermoso. Aquel lugar que existe entre tú y el juego es único para cada individuo y es donde cobra vida la magia del medio. Es un encuentro con nosotros mismos a través de los mundos ajenos. 



¿Alguna vez se han preguntado qué es lo que les llama la atención de los juegos de video? ¿Qué hace que nuestra forma de entretenernos sea volcada a este medio interactivo entre nuestro mundo y los que viven dentro de la pantalla? Quiero creer que, para todos, siempre ha sido un viaje personal. Nos encariñamos con mundos, la tecnología y sus guiones, con el arte y las mecánicas de cada propuesta y, a veces, pienso que mi entendimiento se extiende e intenta tocar la mente de los creadores de mis juegos favoritos. Algo de su inspiración se queda conmigo. Soy todos los juegos que he jugado porque de historias me formo. 

Desde que tengo memoria, me gusta jugar videojuegos. A mis casi veintisiete años de vida, he dedicado incontables horas a hacerlo y casi puedo decir que es la actividad que ha sido más constante en mi desarrollo. Aprendí inglés tratando de desentrañar el lenguaje que me exigían los títulos más complejos, descubrí el valor de la paciencia esperando mi cumpleaños para recibir el nuevo tesoro que me transportaría días a un plano paralelo de mi propia conciencia (creo que el juego por el que más rogué en mi infancia y con el que mejor aprendí el valor de la paciencia fue Super Mario RPG), repetí los mismos pasos una y otra vez para superar obstáculos inalcanzables, destruí seres diabólicos y rescaté mundos del peligro. Al final, el rescate es el de uno mismo —del tedio de la vida diaria para algunos o la liberación de una imaginación inquieta para otros. Para cada quien es diferente. Algunos juegan por la experiencia de compartir la sala con la familia, algunos para sentir inmensos poderes en las manos al acribillar alienígenas con una metralleta, hay otros que prefieren la experiencia de caminar pausadamente por una pradera virtual para inventarse historias en ella. Para muchos de nosotros, éste ya no es un proceso racional: queremos jugar más para seguir viajando.

Comparto otra experiencia para intentar explicarme:


La primera vez que vi imágenes de Shadow of the Colossus supe —como pocas veces en la vida— que estaba enamorado una vez más. Supe que, no importaba qué clase de juego llegara a mis manos meses después, alguien había escuchado los deseos infantiles más secretos de mi reprimido espíritu aventurero y los había volcado en imágenes en movimiento: aquel muchacho montando a caballo en un paraje solitario guiado por la luz del sol, el súbito movimiento de las montañas y aquellos seres gigantescos y absolutos que son a la vez belleza pura y objetivo a vencer movieron las fibras más sensibles de mi amor por este medio. Tengo que decir que pocas veces he ansiado tanto una experiencia como esos meses de incertidumbre donde todo era esperar cada día con más fuerza la llegada de esa caja de plástico a mis manos. ¿Cómo puedes explicarle este sentimiento a quienes nunca lo han experimentado? ¿Cómo podían comprender mis amigos por qué ese fin de semana particular, a pesar de que queríamos celebrar el fin de otro semestre universitario, yo estaba por desaparecer varios días en otro mundo? “¿Dónde estabas?”, preguntaron. “Jugando videojuegos”, contesté. Tan imposible era explicar el sentimiento, que me limité a la única respuesta sincera posible ante el entendimiento de quienes no viajarán ni solos ni conmigo a ese prohibido paraje de arquitecturas majestuosas, luces, sombras ni a la historia de una pareja condenada a su destino. Recorrí entonces Shadow of the Colossus por mi cuenta. En casos como éste, jugar es una experiencia solitari. Al terminarla, todo ha sucedido, todos los mundos ahora te pertenecen y son imposibles de compartir, ya que siempre alguién lo habrá visto con otros ojos, los de su propia vida. 

Hace apenas unos días hablaba con alguien muy querido sobre mi adicción al entretenimiento digital. Cuando discutíamos cómo los títulos cada vez son más adictivos, me dijo que, por más que le parecían un medio interesante y entretenido, no podría nunca dedicarle muchas horas a estar frente a una pantalla, porque sentiría que se le “iba la vida” jugando. En ese momento comprendí una diferencia importante entre nosotros. Para mi interlocutor, jugar era una diversión, una distracción de cosas más importantes. Quizás para mí, vivir es jugar y jugar es vivir. Me reconozco a través de las historias y el arte: me inspiro de los mundos inexistentes, juego videojuegos para aprender de otros y para encontrar los procesos que me dan el ánimo para seguir creando.

Hemos jugado desde siempre: algunas veces en equipo, otras muchas con las luces apagadas y por nosotros mismos. Hemos encontrado en las mecánicas de los juegos el medio perfecto para relacionarnos con otras personas, mejorar nuestros reflejos, escaparnos de la realidad y, al mismo tiempo, entender mejor nuestro mundo. Nos hemos vuelto parte de las historias al llorar la muerte de algún personaje como una pérdida propia. Hemos odiado a los villanos más crueles y a los rivales más fuertes. Nos hemos peleado por el control y los hemos destrozado por la frustración. Hemos presumido a nuestros conocidos los logros de nuestra última aventura. Compartimos los juegos que nos gustan con los demás para poder discutirlos. Nos emocionamos con los descuentos y las tiendas escondidas donde hay títulos viejos para revivir nuestros recuerdos. Coleccionamos cajas y plásticos que, para muchos, no son más que chunches, pero para nosotros son historias y mundos donde alguna vez fuimos protagonistas, donde quizás fuimos felices. 

Me gusta también pensar que, detrás de cada juego que nos encanta, hay pasiones que nos atan a él. Edmund McMillen, en una de las entrevistas de Indie Game: The Movie, habla de la motivación principal que lo llevó a crear Super Meat Boy. El argumento que utiliza es devastador. Parafraseo: “Quiero hacer un juego por el que me hubiera vuelto loco a los trece años de edad. Quiero hacer ese juego que, de haberlo tenido en mi infancia, me hubiera inspirado a hacer cientos de dibujos”. Es en Super Meat Boy donde se comprimen las ambiciones de sus creadores para poner en la mesa un título capaz de resumir todo aquello que nos gusta de este pasatiempo: los controles precisos, la música intensa y frenética, la frustración de perder, acompañada del inminente reto de volverlo a intentar. Todos los que hemos estado intentando superarlo entendemos por qué, detrás de la presentación violenta de sus escenarios, existe un concepto básico de lo que debe ser un videojuego (una pieza de diversión comprimida que requiere que comprendamos su lenguaje, que la dominemos, que la hagamos una experiencia propia). Uno de los motivos por los que siempre vuelvo a Meat Boy es porque, de alguna manera, estoy jugando cientos de juegos en uno. Todos los estímulos que busco en un juego de plataformas se presentan en su forma más pura. Me gustan los videojuegos que, sabiendo que lo son, nos ponen a probarnos en un lenguaje universal con reglas que se adaptan a cada caso.

Hay tantas razones para jugar videojuegos como personas que los disfrutan. Yo juego para ganar, juego para compartir, juego para perderme en las mecánicas de un lenguaje nuevo en cada título y voy a hacerlo hasta el día en que mis manos y mis ojos lo permitan. Voy a atesorar mis recuerdos y voy a compartirlos con quienes eventualmente los hereden. Quiero seguir conociendo propuestas de juego, quiero saber hasta dónde vamos a llegar. Deseo poder regresar en el tiempo con sólo colocar la placa o el cartucho en un aparato antiguo y, al final, poder decir que han valido la pena los viajes. He salido de casa cuando juego y, al volver, no soy el mismo, puesto que todo lo que consumo me cambia. Si el cuerpo pide juegos, ¿quién soy yo para negárselos? 

Pues aquí he dejado algunas de las razones que me llevan a jugar y escribir sobre lo que me gusta. Para finalizar, lo más interesante será conversarlo. Desde estas palabras, yo te pregunto: ¿Tú por qué juegas? ¿Qué experiencias te han vuelto parte de este grupo de fanáticos que desayuna, come y cena videojuegos?

Daniel Mastretta