De parte de todo el equipo de Atomix: ¡Feliz día del Gamer!

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Desde el 2008 varias revistas españolas tomaron la iniciativa de festejar el “día del gamer” hoy 29 de agosto. De parte de Atomix y de todo el equipo, queremos desearles de manera muy especial un día lleno de videojuegos.

De parte mía, y como un pequeño homenaje, quise escribir algo muy personal.

Ojo: el siguiente texto representa únicamente mi punto de vista. De ninguna manera hablo por Atomix o cualquier otro miembro de su equipo.

Regresemos a febrero de 1997. Es una mañana fría en Puebla. De camino a la escuela puedo ver los volcanes con mucha claridad. Son las 7:10 a.m., corro a mi lugar en el patio de la escuela y dejo mi mochila en el punto asignado de la fila. Es el último año de primaria y todos nos sentimos ya los viejos lobos de la escuela. Diez minutos después llegan mis dos mejores amigos. Dejan sus mochilas y vamos a caminar por la escuela. Entramos a clases hasta las 8:15 a.m.

“¿Ya vieron la revista de este mes? Se ve increíble el Nintendo Ultra 64”, dice Daniel.

“Nah, mi hermano se compró el PlayStation. Los juegos vienen en CD”, responde Frank.

“Mi tía me va a traer de Estados Unidos el 64”, y nadie habla después de mi comentario; el aire de las mañanas de febrero en Puebla es muy frío. El pasto del campo de futbol está húmedo del rocío helado de la madrugada.

Por supuesto, no éramos los únicos de nuestro salón de clases que sabían que los videojuegos existían. Pero tal vez ningún otro grupo de amigos celebraba los cumpleaños jugando seis horas seguidas videojuegos.

En el recreo jugábamos futbol o toro congelado. En la secundaria iríamos casi todos los días después de la escuela a casa de un amigo a jugar Golden Eye o Pokémon Stadium. Luego fue Perfect Dark y en un cumpleaños mío terminamos Eternal Darkness. Después de los entrenamientos de atletismo (para tercero de preparatoria mi marca en los 100 metros era 9.98), descansábamos en el cuarto de la computadora de Ramón (otro de mis mejores amigos). Lo vimos pasar Diablo II unas cuatro veces (su personaje, un nigromante, llegó a ser nivel 87). Las retas de Smash Bros. seguían siendo obligadas. Jamás escribí de videojuegos en esa época; era algo que simplemente disfrutaba compartir con mis amigos. Tal vez la etapa en la que mi hermano y yo nos llevábamos más coincidió con el International Superstar Soccer 64.

Nadie nunca nos dijo “gamers”.

No lo necesitábamos. No éramos ninguna tribu urbana, ni sentíamos que éramos “especiales” o diferentes. Mucho menos decíamos “somos gamers”. ¿Por qué? Porque los videojuegos no eran una industria consolidada en nuestro país, eran un movimiento. Aunque mi tía de vez en cuando me trajo folletos de DigiPen, ni de broma me pasaba por la cabeza trabajar algún día en la “industria”. Nuestra identidad no dependía de un pasatiempo o de un gusto en particular: los videojuegos no eran nuestro límite, eran una pasión, pero no la única de nuestras vidas: nuestra vida se enriquecía con ellos y viceversa. A mí, por ejemplo, me gustaba escribir y dibujar. El atletismo (y luego la capoeira) también ocuparon una gran parte de mi vida de adolescente.

El punto es: sí, nos gustan los videojuegos. Hemos rescatado cientos de princesas, el mundo ha victoreado nuestro nombre, la noche ha sido un refugio para el neón desesperado de nuestras PCs, el Diablo y sus dos hermanos han sucumbido bajo el filo de nuestras espadas, nuestras pesadillas están llenas de fuego, balas y bloques que de desploman al vacío, nuestros sueños de yelmos, estrellas y planetas que nunca veremos, hemos creado terrarios y mansiones de arena tan efímeras como los ceros y unos de una calculadora… pero los videojuegos no son nuestro límite.

Mario me enseñó que el ritmo es indispensable en una carrera. Diablo II me ayudó con mis clases de estadística. Zelda me provocó la comezón de dibujar. International Superstar Soccer 64 me inspiró a intentar meter goles desde media cancha y a correr por la banda izquierda en los partidos de futbol. Golden Eye y Smash Bros. fueron lecciones estrictas de constancia. Luego de Eternal Darkness nada me da miedo. Mi inglés mejoró sustancialmente gracias a esos larguísimos RPGs de más de 20 horas… Pero ningún videojuego me enseñó a escribir o a amar la literatura, por ejemplo. Fue todo lo contrario: los libros me mostraron una perspectiva distinta para abordarlos.

Miyamoto es famoso por incorporar experiencias de su niñez y su vida diaria a los videojuegos. Turn 10 está conformado por amantes de los autos que saben de mecánica. Hideo Kojima obtiene muchísima inspiración de las películas. Suda 51 no tendría razón de existir sin las películas de Romero… y la lista sigue y sigue. Los videojuegos son uno de los medios más ricos y complejos que existen: su alimento es todas las cosas. ¿Por qué, entonces, los videojugadores deberían contentarse con un simple apelativo?

Ustedes son complejos: saben la etimología de la palabra “asesino”, han vivido en carne propia el desembarco en Normandía, son exploradores incansables del tiempo, su coordinación es mejor que la de la mayoría, saben lo que es ahorrar o tener que sacar buenas calificaciones para comprar un juego, nadie entiende por qué se desvelaron el otro día sólo para desbloquear un logro que no existe, la noche es sinónimo de desafiar la habilidad de los demás. El problema es que eso no es suficiente. No es suficiente decir que somos “gamers”. Es una palabra muy pequeña. “Definir” a fin de cuentas significa “determinar límites”.

¿Quiénes son “verdaderos” “gamers”? ¿Los que juegan RPGs japoneses de 80 horas? ¿Los que no se pierden el FPS anual? ¿Los que sólo juegan títulos indie? ¿Los que cazan logros y trofeos? ¿Los que juegan competitivamente? ¿Los que no tienen vida social por jugar MMOs todo el día?

El problema son los estereotipos. No faltará el rudito que dirá que hoy es el día de los antisociales o el que proclamará ser más gamer que los que sólo juegan Halo y Gears. ¿Los conocen verdad? Todo el mundo quiere apropiarse del término para sí. En lugar de ser una bandera de unidad, el adjetivo muchas veces parece motivo de división y discusión. Nos encantan las guerras sin sentido y probar que sólo nosotros tenemos la razón.

Todos somos miembros, de una forma u otra, del club de los videojuegos, ese que no tiene requisitos de inscripción. Su único objetivo es: disfrutar lo que nos gusta. Lo demás es palabrería.

Hoy es un buen día para recordar por qué los amamos con fervor. En lugar de pelear o desear el mal de compañías o juegos que no nos gustan, ¿por qué no mejor nos ponemos a jugar y abrimos la boca sólo para decir “¡buen headshot!”?

Las amistades más largas comienzan con un humilde y sincero “¿¡a ti también te gustan los videojuegos!?”

Jorge Arellano Olvera